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El año pasado, en mi clase de literatura, leímos una novela interesante titulada Cómo leer literatura como un profesor. Curiosamente, su primer capítulo se llamaba “Todo viaje es una búsqueda (excepto cuando no lo es)”. Exploraba cómo casi cualquier recorrido en la literatura sigue una estructura de búsqueda, sin importar lo ordinario que pueda parecer. En ese momento, la idea me pareció ingeniosa, pero poco importante.
Pero, de alguna manera, siguió apareciendo en mi mente: durante largas noches de estudio, en reuniones de Classco y de Coreografías, en medio de cenas con mi familia y, especialmente, durante el proceso de solicitud de admisión a la universidad.Ahora me doy cuenta de que mi camino hacia Princeton University fue exactamente eso: una búsqueda. No porque tuviera un final poderoso o cliché, sino porque exigió crecimiento.
Desde muy pequeña, he sido extremadamente perfeccionista. Mi cola de caballo no podía tener ni un solo bulto. Mis peluches necesitaban el atuendo perfecto para nuestras tardes de té. Todo tenía que sentirse controlado, justo como debía ser.
A los ocho años, pasaba mi tiempo libre creando un plan de vida completo: con fechas, tableros de Pinterest cuidadosamente diseñados y sueños meticulosamente elegidos. Mis intereses cambiaban constantemente, pero mi anhelo por el futuro nunca lo hizo.
Mirando hacia atrás, veo cómo esa Marie de 13 años, obsesionada viendo videos de YouTube de estudiantes mudándose a sus universidades soñadas, estaba sembrando silenciosamente su propio sueño. Me sentaba en mi cama viendo a desconocidos desempacar maletas en dormitorios de universidades que nunca había visto en la vida real. Se sentía lejano. Casi ficticio. Como si el día en que yo realmente aplicara a la universidad nunca fuera a llegar.
Y tal vez ahí comenzó la búsqueda: no con la carta de aceptación, ni siquiera con la aplicación, sino en el momento en que dejé de ser espectadora y empecé a convertirme en la protagonista de mi propia historia.
Si toda búsqueda necesita un viajero, un destino y una serie de pruebas, la mía tenía los tres. El destino parecía claro: entrar a la universidad de mis sueños. El objetivo era simple: ser aceptada, mudarme. Pero como aprendería después, la verdadera razón del viaje tenía muy poco que ver con un título.
Colegio Menor ha sido el escenario de toda esta historia. Es donde los sueños dejaron de ser pasivos. Ya no podían quedarse solo como sueños; empezaron a exigir esfuerzo.
Pero al inicio, saliendo de la pandemia, ese cambio no fue empoderador… fue abrumador.
Tener este sueño me hizo creer que todo tenía que ser perfecto: mis notas, mis roles de liderazgo, incluso la forma en que me comportaba. Entrar al colegio fue difícil. Los amigos no eran los mismos, las clases no eran las mismas y las expectativas tampoco. Cada área me retó de formas que no había experimentado antes, generando presión.
Sentía que si quería un futuro que antes parecía ficticio, tenía que ganármelo sin fallas. Los errores se sentían peligrosos; quedarse atrás parecía el fin del mundo. No era solo trabajar hacia una meta; era tratar de demostrar que la merecía.
Hubo momentos en los que dudé si mis ideas eran lo suficientemente profundas, en los que me comparaba con mis compañeros. Muchas veces sentí una presión silenciosa por demostrar que era suficiente: que mi voz era lo suficientemente fuerte, que mis aportes eran lo suficientemente valiosos.
Pero algo cambió con el tiempo.
Ocurrió poco a poco, a través de momentos que al inicio parecían pequeños. Una discusión en clase donde un profesor retó mi forma de interpretar un texto. Una reunión de Classco donde entendí que liderar significaba escuchar más que hablar. Noches largas preparando Coreografías con amigos, cuando el objetivo dejó de ser la perfección y empezó a ser la colaboración.
Poco a poco, comencé a entender algo que el inicio de mi “búsqueda” había ignorado: el crecimiento rara vez se ve perfecto mientras ocurre. Es desordenado, caótico y tiene altibajos.
Las experiencias que más me marcaron en el Colegio Menor no fueron los momentos en que todo salió según lo planeado, sino aquellos en los que todo era incierto. Esos fueron los momentos que me obligaron a pensar, a liderar, a adaptarme y, a veces, simplemente a confiar más en mí misma.
Para cuando llegaron las aplicaciones a la universidad, el proceso seguía siendo estresante. Había ensayos, fechas límite y muchos momentos de incertidumbre. Pero el objetivo se sentía distinto al de años atrás.
Ya no se trataba de demostrar que merecía estar en algún lugar. Se trataba de compartir en quién me había convertido. Escribir mis ensayos no era solo enumerar lo que había hecho o lo que me había pasado… era mostrar cómo todo eso me había transformado y moldeado en la persona que soy hoy.
Cuando finalmente abrí mi carta de aceptación de Princeton, fue surreal. Lo que durante años había existido solo como un deseo interno y lejano, ahora era real. Ver esas palabras en la pantalla fue impactante, pero también silencioso, como el final de un largo capítulo más que el clímax repentino de una historia.
Y en ese momento, me di cuenta de algo sorprendente: Princeton no era el tesoro al final de la búsqueda.
La verdadera recompensa era todo lo que ocurría en el camino.
Para los estudiantes más jóvenes que están comenzando su propio camino, mi mayor consejo es simple: enfóquense menos en construir el perfil “perfecto” y más en construir uno auténtico. Únanse al club que realmente aman, el que les hace latir el corazón más rápido. Prueben cosas nuevas que les interesen, permítanse ser curiosos. Permítanse fallar a veces.
Así, cuando llegue el momento, compartir su historia no será solo marcar una lista de lo que han hecho, sino de en quién se han convertido.
Lo que más me llevo de Colegio Menor no es solo la preparación académica o las oportunidades, sino las personas y los momentos que me desafiaron a crecer: profesores que me impulsaron a pensar, amigos que convirtieron proyectos largos en recuerdos inolvidables y quienes me recordaron constantemente que el aprendizaje ocurre tanto dentro como fuera del aula.
Al comenzar este nuevo capítulo en Princeton University, me emociona no solo el destino, sino el camino que continúa.
Porque si la literatura me ha enseñado algo, es que las búsquedas más significativas nunca tratan realmente del lugar al que llegas.
Sino de la persona en la que te conviertes en el camino.